ROBERTO FERNANDEZ / FLOTA / PAPELES BORDADOS
del 3 de abril al 4 de mayo de 2008

Flota. Se disuelve, desmaterializa, cambia, desaparece.
Se va…  como una época que se va.

Roberto Fernández

fernandez
 
 
 

Diluvio Universal de Almas

“No podemos mirarnos a los ojos a nosotros mismo. Uno no puede observarse en el acto de observarse, no puede tocarse la punta del dedo con la punta del mismo dedo, por mas que se esfuerce. Por ende, en el reverso de toda observación, hay un punto vacío, que esta, por ejemplo, detrás de nuestros ojos desde el punto de vista de nuestros ojos. Por más que nos demos vuelta, detrás de ellos hay un vacío. Es lo desconocido. Es la parte del universo que no se ve porque está viendo”.

Allan Watts.

Por Santiago Rial Ungaro Teniendo en cuenta que pasaron casi 10 años desde “Ël borda”, (última exposición “artística” en la vida pública de Roberto Fernández , Septiembre de 1998 en la Sala Cronopios del C.C.Recoleta) y esta nueva muestra en el Palais de Glace vale plantearse en si el artista en cuestión no es otro candidato a el otro Borda.
Hacia 1998, Roberto Fernández ya era, en palabras de Teresa de Anchorena, un “artista de fama secreta”.  El reconocimiento era unánime, la obra de calidad y en cantidad...
Es probable que al no haber buscado sacar provecho en estos (casi) 10 años
de esa envidiable situación como ‘profesional del arte’, aquella fama haya derivado en algo aún mas interesante. Y menos efímero.
Don Roberto Fernández tiene hoy por hoy en su Obra (lo que el llama “el cuerpo de la obra) sus propios cristales como para permitirse contemplar este mundo y sus valores y hasta la trama, el tantra de otros mundos: todo es según el color del cristal con que se mira.
A primera vista, esta muestra supone un cambio de perspectiva.
Para verla, hay que mirar hacia arriba. Levantar la cabeza.
Ya era notable, hacia 1998, que un ex carpintero de Lanús, básicamente autodidacta, hubiera logrado desarrollar una obra profundamente “tántrica” Lo mismo se puede decir ahora de estas obras “tántricas-aéreas” que desafían la ley de la gravedad.
Roberto Fernández sabe que lo que mas le interesa de la materia es “su aspecto inmaterial”. Y desde su aparente fragilidad, estas obras, que parecen estar hechas con ese elemento titilante que anima y humecta las emociones, nos recuerdan la in-permanencia de toda forma psíquica.
La insoportable levedad de ese estado intermedio en que el no ser se convierte en ser.  Y viceversa.
Don Roberto me señala su intención de hacer cosas que “parezcan que en cualquier momento pueden llegar a desaparecer justo delante tuyo”.
Haber logrado, desde esta estética de la desaparición ilusoria, que aparezca la belleza es el fruto de un contacto estrecho de Fernández con los materiales. Pero mas allá de esta habilidad también se adivina una cosmovisión y un deseo de transmitir, de compartir esta experiencia trascendente de “hacer aparecer”.
Si nos pudiéramos mirar a los ojos a nosotros mismos quizá veríamos algo parecido a estas “tormentas psíquicas” y estos “diluvios emocionales”, nombres con los que el divide estas creaciones. En ellas nos encontramos con “algo” que nos une a todos, ya sea una trama, una red, una matriz, o como sea que uno quiera llamarlo. El lo describe como “una trama o membrana orgánica donde se apoya todo”. ¿Todo?. “.. todo eso que llamamos como Dios, la vida misma, la eternidad... Lo que sea. Yo se que esa membrana es húmeda”.
Roberto es consciente de que sustancia proviene de substantia, del latín sub stare, que significa, literalmente “lo que se encuentra debajo”, “soporte”, o “sustrato”.
“Para mi son fractales”, dispara El Hombre Que Borda, mientras comparte un sustancioso sanguchito de jamon crudo y queso y vino. ¿”Ves esta v corta?”  (dice mientras señala a La Pochi, legendaria enredadera regalada por Liliana Maresca que a esta altura parece ser una de sus principales inspiraciones). “Esta v corta, con sus ramificaciones, está siempre por todos lados. Y estos fractales están en todo. Si es verde, es savia. Si es rojo, es sangre. Si es azul, son ríos”.
Como carpintero, dibujante de juguetes, artista plástico, alma mater de Fernadezes, artesano o curador de la Casa de Oficios de la Papelera Palermo, Roberto Fernández (que trabaja desde los 13 años), siempre ha buscado sintonizar, a su manera, con la aspiración de los artesanos de la Edad Media de tener “espiritualidad en las manos”. Y lo ha logrado.
Pero, mas allá de sus inquietudes metafísicas, Roberto Fernández es un hombre de su tiempo. Un tiempo de tormentas psicóticas eléctricas permanentes, de nubosidades emocionales variables y de diluvios universales de lagrimas para todo el fin de semana, si.
Pero hay un tiempo para todo. Y este es, también, un tiempo para mirar hacia arriba y dejarnos mojar por esta fina llovizna que limpia y que fertiliza.

Y a no preocuparse: dicen que este tipo de extrañas tormentas psíquicas, que surgen cada (casi) 10 años, son muy necesarias: nos purifican el alma.